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Los recursos humanos frente al drama universal

Recurso

Recurso publicado por: Fundacion Logosófica de Argentina

Creado en: 22/02/2011

Descripción del recurso

En estos momentos en que la humanidad aún no está repuesta de los males que la agobiaron durante estos últimos años, es deber de todos los que la integran detenerse un instante a reflexionar. De un tiempo a esta parte ocurren cosas que es necesario saber a qué obedecen para no ser sorprendidos mientras se transita por los caminos del mundo, pues éstos suelen tener trechos muy estrechos que conviene salvar sin desmayos a fin de alcanzar las altas metas, a cuya sola idea el espíritu humano se estimula, llenando de fuerza y valor al hombre, que ha de saber sobrellevar con valentía, serenidad, y con firmeza en sus convicciones y en sus propósitos, las situaciones críticas.

Años atrás dije, y lo fui repitiendo en diversas oportunidades, que vendrían días muy fuertes para la incipiente comprensión humana; fuertes por sus características bruscas, violentas e intempe¬rantes. Mas, nada ocurre porque sí; todo responde a una causa. Prevenirse contra los efectos derivados de esa causa es ley del conocimiento, ya que dicha ley permite al hombre que ha comprendido el porqué de su vida en el mundo, discernir en cada eventualidad sobre cuál ha de ser su ubicación o su posición, y obedeciendo al impulso espiritual de conservación, buscar que nada afecte su voluntad ni las fuerzas con que debe contar cada vez que tenga que hacer frente a situaciones adversas.

El drama que vive hoy la humanidad, sin excepción de pueblos ni de individuos, es el drama que ha vivido siempre, pero que en ciertas épocas se agudiza: cuando los hombres debilitan sus fuentes internas y se desinteresan por mantener, y aún superar, sus condiciones morales y espirituales, que son las mismas en todos los seres humanos.

Son muchos ya los que han pagado su tributo en este drama. Unos lo pagaron muy caro, por cierto: con el tributo de sus propias ,vidas, otros, con grandes amarguras y sufrimientos morales y físicos. Están también los que continúan aún angustiados y sumergidos en el más crudo escepticismo por efecto de la desorientación que les mantiene en constante zozobra, sin que alcancen a compren¬der por qué ocurren las cosas y por qué sufren los inocentes al par que los culpables, resultado éste de un proceso de desintegración mental y moral seguido por el ser humano, quien en su mayoría creyó siempre más cómodo que los otros pensasen por él. He aquí una actitud que extendiéndose al resto de los hombres, dio lugar, al final, a que nadie pensase por sí mismo, confiando en que los demás asumirían la responsabilidad de ofrecer las soluciones que a todos por igual correspondía haber buscado y tratado de ofrecer a sus semejantes.

Ahora bien; hay que volver al mundo al cauce del cual salió por negligencia exclusiva de los hombres, y así como no encontraron éstos la menor dificultad para confiar en lo que pensaba el semejante, próximo o distante, hoy deben hacer retornar esa confianza a sí mismos, para que sea fijada en el pensamiento propio, porque, en realidad, de lo que carece el ser humano es de confianza; tanta ha dado y tanta tomó de los otros, que el abuso terminó por hacer que todos se desconfiaran. Se hace, pues, necesario y de imperiosa urgencia reconquistar la confianza perdida; retornar a lo interno lo que se dio en pertenencia a los demás tan desaprensivamente, sin pensar jamás en las consecuencias de semejante imprevisión.

Los pasos difíciles que hoy debe dar la humanidad tendrán que estar asegurados, si no quiere ésta sucumbir en el camino, por la realidad de una promesa que habrá de cumplirse; promesa que encierra en sí otra de mayor alcance, y que cada uno debe formularse íntimamente: No desmayar en estos momentos difíciles; ser valiente; confiar en sí mismo. En base a esto hacer la promesa de que habrá de realizar la palabra empeñada a quien lo creó: ser mejor y acercarse a su mandato supremo de semejarse a El por la perfección. Ello dará lugar a cumplir también otra promesa: sobrevivir a la catástrofe; sobrevivir a todos los males para poder ser heraldo de una nueva civilización; heraldo de heroicas épocas que llevará por mensaje el conocimiento extraído del estudio, de la ob¬servación y de la experiencia que hoy se está viviendo.

Una vez aconsejé que cuando alguien se sintiese enfermo, mentalmente aumentara el volumen de su enfermedad hasta el punto que le exigiera un cuidado diez veces mayor; esto, es natural, le evitaría los descuidos y haría que fácil y prontamente pudiera recuperar la salud. Lo mismo dije cuando debían recorrerse largas distancias: triplicarlas en la mente para que resultaran menos fati¬gosas. Hoy repito el consejo invitando a que las reflexiones sean más profundas. Ello ayudará a la familia humana a sobrevivir a la tragedia que está viviendo. Debe, pues, multiplicarse el mal ante el propio juicio y crear defensas cien veces mayores, tal como se haría, de acuerdo a lo dicho antes, frente a un enemigo; vale decir, multiplicar imaginariamente sus fuerzas para que a la vez se multipliquen las defensas y sea más fácil vencerlo.

Para centuplicar el mal, lo más eficaz es pensar que mañana; quizá hoy; ahora mismo; habremos dejado todos de existir, y que ese mañana puede ser hoy, este mismo instante. De esta manera, Su¬poniendo que el mal es tan grande, tan insufrible que ya hemos muerto, sobrevendrá de inmediato la intima alegría de advertir que no es cierto. Y entonces, al experimentar que se vive, que no se ha perdido la vida, se reanimará el espíritu, y nuevas fuerzas permitirán luchar sin que el espectro de la muerte sorprenda, pues ya se habrá experimentado su efecto en la representación interna de esa realidad, y siendo así, no preocupará más, porque al haber centu¬plicado el mal, se lo redujo a su mínima expresión. Empero, a los fines de que la realidad imaginada sea más vivida, será necesario que todos los días se recuerde ese instante como si en verdad se hubiese muerto, pensando luego que se ha sobrevivido a la misma muerte, y que las crisis históricas no se producen en un día, sino que siguen un proceso corto o largo, y que nadie sabe cuándo será el momento en que habrá de tocarle a uno pasar por las arcadas del temible e insondable misterio de la transición que experimenta el alma al plegarse la vida.

La humanidad ha sobrevivido esta vez a una de las conmociones más grandes que registra la historia en sus violentas sacudidas bélicas. No sabemos cuándo podrá ocurrir otra; lo esencial es hallarse preparados. Se requiere hacer de cuenta desde este instante, que todo el futuro es como una nueva vida que se abre ante nosotros. Ciertamente, después de haber experimentado la sensación de que hemos dejado de existir, como tantos otros que lo fueron de verdad, y que no obstante seguimos viviendo, la vida tendrá otro sentido, otro carácter, y se llegará a tener dispuesta la voluntad para mantener firme el espíritu en la lucha, a fin de que nada pueda afectarnos cuando el mal en realidad pretenda herirnos.

Es una verdad incontrovertible que más allá del cero no hay ninguna cantidad que pueda sumarse, y que todo lo que el ser avance partiendo de la unidad irá sumándose y permitirá que los días aciagos que puedan sobrevenirle, lo encuentren pronto para resistirlos sin que nada debilite sus energías ni tampoco obscurezca su mente; mas, es indispensable que no se hagan las cosas a medias y que todas estas reflexiones sirvan para fortalecer el espíritu y comprender su trascendencia. Si esto se recuerda en las horas difíciles, de inmediato se verá cómo el ser se recupera a sí mismo, cobra fuerzas y tiene presente que mientras hay vida, el alma lucha con perspectivas de seguir viviendo, principalmente cuando se está viviendo más allá de la muerte, de esa muerte de la cual providen¬cialmente uno se ha salvado.

Estoy seguro de que si aquellos que cayeron vencidos por el sufrimiento, por el dolor y la angustia de las situaciones penosas, hubieran concebido estos pensamientos, se habrían salvado. En efecto; pueden perderse bienes, casa, hogar, afectos, mas todo esto es factible de ser retornado al patrimonio individual; la vida en su forma humana, no; ella no está dentro de lo que el hombre puede recuperar.

Podrá objetarse que la orientación que estas reflexiones implí¬citamente llevan, es original. Muy cierto; pero en la actualidad son muy necesarias, como necesario es el vínculo de humana comprensión que debe unir a todos, desde que el espíritu busca la compañía del espíritu, lo cual en los pasajes aciagos aminora la intensidad de un dolor o de un sufrimiento. De modo que, estando unidos, repartido el sufrimiento entre muchos, éste será aliviado, porque mientras unos sufren, los demás podrán mitigar el padecimiento de los otros. Cada uno ofrecerá solícito su ayuda cuando sea preciso, pues no siempre sucede a todos la misma cosa en el mismo momento; puede acontecer en diversas épocas; lo esencial es comprender lo que significa poder atemperar un sufrimiento y aun eliminarlo. Esta es la ayuda mutua que el presente exige; mayor, mucho mayor por cuanto se está viendo el gran desvío que hay en el mundo, donde en vez de ayudarse los unos a los otros para atenuar sus pesares, hacen lo contrario: tratan de aumentarlos, de aumentarlos recíprocamente.

En este drama que está viviendo la humanidad, los pensamientos son los que juegan el papel principal. Hay que saber preservarse, por tanto, de aquellos que hiriendo la sensibilidad y hasta la misma naturaleza, puedan afectar seriamente la razón. Cada uno ha de ser consciente de lo que piensa y, también, de la utilidad que podrían tener para él los pensamientos que están sirviendo de preocupación a todos los hombres de la tierra. Sería un error muy grave si se persistiera en seguir confiando en los demás lo que incumbe a todos por igual como deber y como capacidad de hacer; esto es, pensar por sí mismo buscando la solución de los respectivos problemas tanto como lo permita la capacidad. Se recobrará así la confianza en lo propio, en lo que es de uno. Si esto se logra realizar podrá evitarse el ser arrastrado por esas corrientes mentales que buscan engrosar sus filas con los que no piensan, obligándoles a marchar, no por donde éstos quisieran ir, sino por donde quieren los que mueven esas corrientes. Quien se deje conducir por ese camino incierto y azaroso no tendrá derecho a quejarse mañana de todo lo que pueda afectar su evolución y su vida.

Es necesario pensar; pero pensar bien, con fundamento, discriminando a ciencia cierta y con serenidad de juicio, las situaciones, para saber cuál es el mejor camino a tomar. Si bien esto tiene una perspectiva externa en la vida de los seres humanos, existe, empero, otra de imperiosa necesidad interna: la de pensar en lo que uno es y puede llegar a ser siguiendo las directivas de la propia con¬ciencia.

La vida no debe esterilizarse viviéndola rutinariamente, mecánicamente; requiere darle cada día, y si es posible cada hora, un nuevo estímulo. En el hombre ha existido siempre, por ley natural la inclinación a la posesión; poseer una cosa ha constituido en todas las épocas, un placer, experimentado desde el momento en que se pensó en la posesión hasta su logro. Esto, naturalmente, da un contenido a la vida durante todo el tiempo en que se mantiene vivo el pensamiento de la posesión; se está bajo una sensación agradable y feliz que llega a presidir la vigilia y hasta el sueño, sobre todo cuando se produce el acercamiento a lo anhelado. Obsérvese cómo mientras dura y se realiza la aspiración, el ser vive dichoso con tal perspectiva. Pero no todos saben situar su razón en el campo de la sensatez, y con frecuencia ocurre que se busca poseer aquello que en rigor de verdad no corresponde o no está en las manos o en la capacidad poder lograr. En estos casos sobreviene, in¬defectiblemente, la decepción, estado que todo ser inteligente debe evitar.

Muchos hay, también, que habiendo experimentado esas horas felices vividas hasta el instante de alcanzar lo anhelado, luego se desvían buscando lo ajeno; y es allí donde lo que antes constituyó un tiempo feliz, se torna en tiempo azaroso y lleno de torturas.

En realidad, la vida es un constante poseer; poseer cada día mas, sin ambición; poseer lo que se va creando como capacidad de posesión. Si tenemos, por ejemplo, una casa pequeña y nos agra¬dan los perros, y queremos tener veinte, treinta o cincuenta perros, nuestra casa se convertirá en una perrera y no podremos vivir en ella porque no habremos creado la capacidad para tal posesión. Pero si nuestra casa fuese amplia, si hubiese en ella extensión suficiente para que los animales estuviesen cómodos, sin molestar, sin hacernos imposible la vida, no habríamos creado un problema al po¬seerlos.

En general, si se tiene una actividad determinada y se quiere ampliar el campo de acción a otras actividades más, se deberá, primeramente, preparar y organizar el tiempo y las aptitudes a fin de no fracasar. Aparte de esto, en la experiencia, como el anhelo de posesión vigoriza la voluntad, siempre se logra predisponer el espíritu a mayores empresas y así, aunque la preparación no haya sido suficiente, las nuevas actividades se cumplen corrigiendo los errores que pudieran cometerse. Casos análogos existen por millones; lo esencial es saber qué se quiere y saber, a la vez, conservar aquello que va ingresando al patrimonio, sea moral, espiritual, intelectual o económico.

Siendo que la vida humana es un constante poseer, la mayoría ignora, sin embargo, cómo es posible cumplir este designio sin que cada posesión, en lugar de dar felicidad produzca tormento y aflic¬ción. Hay que crear para ello la capacidad de posesión. Hay que saber, repetimos, qué se quiere poseer, y saber también, si tal posesión habrá de identificarse con la vida y ser fértil elemento para el cultivo de futuras prerrogativas. Hay que poseer, entonces, lo que brinde felicidad con miras a lo eterno, para que ésta no sea efímera. Esta verdad, que es una ley que abre muchos principios, que toca todas las ideas, debe ser para cada uno el sol que alumbre los días de su existencia.

Si queremos poseer una idea para servirnos de ella y obtener felicidad, comodidad, alegría, etc., será necesario antes estar bien seguros de que cuando la poseamos habremos de saber ser leales a ella, dueños de ella, no haciéndola servir jamás a fines mezquinos e inferiores, porque dañaríamos esa parte de naturaleza en que toda idea noble parece estar incrustada; y dañándola se produciría, co¬mo lógica consecuencia, el envilecimiento de la mente, mermando en forma considerable las prerrogativas para una nueva posesión. Se ha visto a personas, por ejemplo, sentir felicidad mientras buscaban por todas partes del mundo la posesión de una estampilla, la que mantuvo viva en ellas la ilusión de lograrla; una vez en sus manos, estampada en un álbum, éste se cerró y terminó allí la pose¬sión. Esto constituye la negación de la posesión misma, porque toda nueva cosa que se posea, debe enriquecer desde ese momento el acervo personal y cuanto constituye la propia vida, acrecentando la felicidad, la alegría y dando una nueva posibilidad.

He ahí, pues, cómo el hombre puede trazarse una norma de conducta buscando en la posesión de algo que embellezca su vida o dé contenido a la misma, el vigor que tanto necesita el alma en los momentos difíciles, y que tan sólo puede dárselo la felicidad sabiamente experimentada y vivida, y la alegría y la confianza en lo que se posee. No es dirigiendo la vista hacia aquí y hacia allí para decir, "esto me gusta, y esto también, y aquello, y aquello otro", donde podría encontrarse placer para muchos días, sino que ese placer ha de hallarse en la seguridad de sentirse dueño de lo que se posee y en saber que aún se puede llegar a poseer mucho más haciendo buen uso de las posesiones y del juicio.

Para no ir más lejos, agregaré que cada uno trate de poner en práctica lo que acaba de escuchar; es decir, que trate de poseer algo más, a fin de que ello constituya para si un estimulo. Aunque más no sea, princípiese por una nuez; por algo se comienza. Y digo esto porque es muy posible que no pocos hayan pensado poseer algo mucho más grande que una nuez, olvidando que es necesario crear antes la capacidad de poseer; y saber ser dueño, después, de la posesión; sobre todo si se tiene en cuenta que en la nuez se halla la posibilidad del árbol. Y tenemos aquí que mientras la mente se prepara haciendo un buen enfoque de los pensamientos que determinan la posesión que se propone, el ser, estimulado por la perspectiva que ésta le abre, deja de lado muchas cosas que en otras circunstancias le habrían preocupado y amargado, para que nada mengüe esa idea que se extiende hacia el logro de algo. Luego de alcanzarlo y de llegar a sentirse dueño de esa posesión. y de otras más, aparece en él configurándose como una ética superior, la necesidad de ser pródigo, de dar parte de lo suyo, lo cual puede efectuar sin que nada afecte sus posesiones. Y son momentos felices los que experimenta el ser cuando es capaz de dar; es allí cuando se enaltece y se cubre de dignidad; esto en la misma proporción que se rebaja cuando pide sin haber hecho el esfuerzo de lograrlo por sí mismo.

A la vida hay que darle un contenido, y éste puede ser aumentado en su volumen por la calidad de las posesiones a que se aspire y por el número obtenido de las mismas. El conocimiento es una de las posesiones a que más debe aspirar el ser humano, ya que la posesión del conocimiento facilita la posesión de todo lo demás. Entonces, aunque en un determinado momento se pierda íntegramente lo material, se conservarán intactas las posesiones espirituales, y lo material, como dijimos anteriormente, podrá ser reconstrui¬do, podrá ser nuevamente poseído; más nunca caiga el hombre en la aberración de que la posesión de lo material le haga perder su patrimonio espiritual, que es de esencia eterna.

CARLOS BERNARDO GONZÁLEZ PECOTCHE -RAUMSOL- EN CONFERENCIA REALIZADA EL 2 DE MARZO DE 1946 EN MOTEVIDEO, URUGUAY.

Cómo conseguirlo

Para más información: http://www.logosofia.org/